Esta es LA FOTOGRAFÍA: Buñuel & Co.

No creo que despúes de ver esta imagen haya más que decir. Tanto talento (aunque para ese entonces ya hayan pasado lo mejor de sus épocas) reunido en torno a un genio no sólo de la cinematografía, sino del arte en general.

De izquierda a derecha, arriba tenemos: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silberman; abajo: Billy Wilder, George Stevens Jr., Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian.

Admiración, respeto, nostalgia, tantos sentimientos encontrados al ver solamente una imagen. Juzguen por ustedes mismos y aprécienla, critíquenla, obsérvenla, adórenla. No hay cabida para las palabras en este lugar.

buñuel&co

Pero por si quieren saber que pasó en ese desayuno, puden leer un fragmento que el mismo Buñuel escribió acerca de ese momento, obtenido de su libro Mi último suspiro, esto por cortesía de 39 escalones.

BunuelAlmuerzo

“No regresé a Los Ángeles hasta 1972, con motivo de la presentación en el festival de El discreto encanto de la burguesía (…). Un día, recibí de George Cukor una invitación a comer, invitación extraordinaria, pues no le conocía. Invitaba también a Serge Silberman y Jean-Claude Carrière, que estaban conmigo, y a mi hijo Rafael, que vive en Los Ángeles. Irían también, nos decía, “varios amigos”.

Fue una comida extraordinaria. Llegados los primeros a la magnífica mansión de Cukor, que nos recibió calurosamente, vimos entrar, medio llevado por una especie de esclavo negro provisto de poderosos músculos, a un viejo espectro vacilante, con un parche en el ojo, a quien reconocí como John Ford. Nunca habíamos coincidido. Con gran sorpresa por mi parte, pues creía que ignoraba hasta mi existencia, se sentó a mi lado en un sofá y dijo alegrarse de mi regreso a Hollywood. Me anunció, incluso, que preparaba una película -a big western-, cuando habría de morir pocos meses después.

En este momento de la conversación, oímos el arrastrarse de unos pasos sobre el parquet. Me volví. Hitchcock entraba en la sala, todo rechoncho y sonrosado, y se dirigía a mí con los brazos extendidos. Tampoco le conocía personalmente, pero sabía que en varias ocasiones había cantado públicamente mis alabanzas. Se sentó junto a mí y, luego, exigió estar a mi izquierda durante la comida. Con un brazo pasado sobre mis hombros, casi echado sobre mí, no cesaba de hablar de su bodega, de su régimen (comía muy poco) y, sobre todo, de la pierna cortada de Tristana: “¡Ah, esa pierna…!”

Llegaron luego William Wyler, Billy Wilder, George Stevens, Rouben Mamoulian, Robert Wise y un director mucho más joven, Robert Mulligan (…). Se celebraba en mi honor una extraña reunión de fantasmas que nunca se habían encontrado así reunidos y que hablan todos de los good old days, de los buenos tiempos. De Ben-Hur a West Side Story, de Some like it hot a Notorious, de Stagecoach a Giant, cuántas películas alrededor de aquella mesa…

Después de la comida, alguien tuvo la idea de llamar a un fotógrafo de prensa para que tomase el retrato de familia (…). Desgraciadamente, John Ford no figura en ella. Su esclavo negro había ido a buscarlo en medio de la comida. Nos dijo débilmente adiós y se marchó para no volver a vernos más, tropezando con las mesas.

En el transcurso de la comida se hicieron varios brindis. George Stevens, en particular, levantó su copa “por lo que, pese a nuestras diferencias de origen y creencias, nos reúne alrededor de esta mesa”.

Yo me levanté y acepté brindar con él, pero, siempre receloso de la solidaridad cultural, con la que siempre se cuenta demasiado, “bebo -dije- pero me quedan mis dudas”.

Al día siguiente, Fritz Lang me invitó a visitarlo a su casa. Demasiado fatigado, no había podido asistir a la comida celebrada en casa de Cukor. Yo tenía entonces setenta y dos años. Fritz Lang rebasaba los ochenta.

Nos veíamos por primera vez. Charlamos durante una hora, y tuve tiempo de decirle el decisivo papel que sus películas habían ejercido en la elección de mi vida. Luego, antes de separarnos -y ello no entra dentro de mis costumbres-, le pedí que me dedicase una fotografía.

Bastante sorprendido, buscó una y me la firmó. Pero era una fotografía de su vejez. Le pregunté si no tendría, además, una fotografía de los años veinte, de la época de Der müde Tod y de Metropolis.

Encontró una y escribió una magnífica dedicatoria. Luego, me despedí de él y regresé al hotel.

No sé muy bien qué hice de esas fotografías. Una se la di al cineasta mexicano Arturo Ripstein. La otra debe de estar en alguna parte”.

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